Era viernes

Escribe Angie Pedreira

 

Me duché,  dejé que  el agua corriera por todo mi cuerpo.  Estaba caliente, no sé por qué. Pensé que me daría mucho calor y bajé la temperatura, ahora estaba fría, muy fría.  Dejé a todos los espasmódicos y convenciones acondicionadores caer por mi cabellera, ya un poco grasosa a este altura. Froté el jabón por cada zona, como si acariciara una áspera lija de la que usaba mi viejo  cuando era niña, para refinar el aspecto de aquellas cosas que ya habían perdido el color y el sentido, como yo.

Dejé que el agua helada siguiera  bajando ,hasta empaparme el alma y lograr estar en paz. Quería sacudirme, dejarme empapar por el agua helada, quería estar limpia, purificada.

Bajé desde la boca hasta los pies, y no sentía nada más que un flujo de agua correr por mis venas. Me estaba empapando de verdad, lo sentía pero no era consiente de tal sentir. No pensaba, estaba atónita, anonadadamente  cansada. Las piernas me dolían y los hombros necesitaban masajes profundos y sinfinados.

Instantáneamente sentí que mi cuerpo, al menos y  por suerte, estaba limpio y en condiciones de salir al mundo caluroso y estropeado. Está bien con que el Sol es la estrella más brillante del Universo y es-como nos enseñaron desde niña-nuestro boyfriends eterno, pero la verdad es que me tenía re podrida todos esos rayitos de sol. Eran inaguantables. O te morfabas el aire y con él, una facturita pedorra y elevada de la tan despistada UTE, o morías literal. No había forma, había que resistir.

Lavé mis dientes y me miré al espejo mientras lo hacía. Un poco de dentífrico dental cayó al desdén y otro tanto quedó en la toalla (si no lo hacía, no era Angie). El espejo, por su parte, estaba empapado por el vapor del agua temperaturalemente elevada del punto A  y pegoteado con machitas pequeñas, de deditos también pequeños que se adueñaban de cada lugar de la casa. Santino había estado ahí.

Sequé los restos de agua sobre mí y me eché a la cama. No pensé en nada nada, solo una sensación de desnudez literal y pintoresca de aquella tarde me invadió por completo.  Encendí la llave del ventilador y me concentré en su girar, sin ton y son. Iban en redondel, crac crac, le faltaba aceite(me acordé en ese instante de la ruleta rusa, siempre salía mal de esas, me mareaba y me tenía que bajar).El aparato se movía desde su tubo central (o como se llame),dándome la sensación de caída, pero no sentía miedo, el ventilador estaba ahí, y nada malo iba a pasar.

Miré, dejé de mirar, pensé en  un licuado de frutas frescas que vende el pibe de la esquina y también en la Guerra Fría. Pensé en Frida, en Hitler, en el Pepe, en la pepa, pensé en todo. Pero nada podía sanar mi  desequilibrio transitoriamente  devorador.

Me levanté, escuché y sonreí con Fito, hice una tregua con Cantilo y tuve un deja vu con Cerati. No faltaba más, el Gabo aparecía en mi mente y estaba condenada a vivir 100 años de soledad, sí o sí.

Fue así que me  dije:

-No podés Angie! ¿Qué estás haciendo?

-No sé.

-¿Qué te pasa?

-No sé

-¿Estás bien? ¿Te sentís bien?

-No se Angie, NO SÉ. Te repito NO SÉ. No sé lo que hago ni lo que pienso, no sé ni mucho menos lo que siento o puedo llegar a sentir. Estoy confundida. No quiero nada con nadie ni con nada. La sociedad, la maldita sociedad y el sistema hijo de put*  que nos cuela por los poros, me atormenta  e hipnotiza estúpidamente.

No quiero ser docente, no quiero ser periodista, no quiero ser nada. No quiero ser una mina cariñosa que anda sonriéndole al mundo ni tampoco una deprimida, ni una loca desquiciada que corre desnuda por la ciudad heroica y desolada. No quiero ser nada. Quiero a Angie, madre hipersensible, más acuariana que Mafalda.  Eso quiero. Quiero pero a veces me desencuentro. Me busco y no sé si soy yo o mi otro yo. Me quiero a mí pero ese “mí” está plagando de machas de un mundo jodido, que ni Mr. Músculo logrará sacar.

Me confunde mi andar y pienso: “…mirá el boludo este ese que va paseando como si tal cosa, mientras yo tengo la necesidad de aire para respirar y saciar mi sed”.  Necesito un stop, bajar la guardia, que el laburo y los libros se vayan al carajo por un momento y que Cortázar me espere. La familia y los amigos también. Quiero tiempo para mí, para pensar en mí, para decidir por mí.

Quiero tiempo para mí y para Santino, pero no ese tiempo estúpido que te marca el sistema. Llévalo al cole, tráelo. Compartan un yogurt natural con cereales y llévalo calse of English, luego caigan en la piscina (sigan los consejos del tan idealizado personal trainner) y caéte en dos panes a cenar al El metro de José, que está cerca de casa. No quiero eso. Quiero un balde con agua y casas de arena. Quiero un arroz con leche de la abuela con mucho mucho dulce de leche, quiero una naranja bien fría y un licuado como los que hace mamá. Quiero ir a la placita de cuando era niña y hamacarme fuerte, fuerte y sentirme volar. Quiero pueblo, quiero campo y noches sin electricidad. Quiero velas y tormentas.  Quiero buscar muchos tréboles de cuatro hojas y sentirme feliz. Quiero ir a comprar un heladito de agua y quedarme con la boca roja (si es de frutilla, claro). Quiero aprender a andar en bici otra vez (y mirá que me costó eh! ). Quiero jugar a la rayuela  y al TA TE TI ; hacer carpas con sabánas y frazadas viajas. Quiero volver  a la escuela  y que esté ese árbol gigante que no sé cómo se llama y espiar  con picardía la lechuza que había cerca del patio, quiero que esté la maestra Liliana y aquel pibe insoportable que me complicó la vida los seis años de primaria. No era malo, era inquieto y bocasucia, ahora de grande lo entiendo un poco más! Quiero levantarme todos los sábados a las ocho en punto para mirar Italia Italia y que cagarme de la risa de la antipatía del italiano, morocho y de voz grave. Quiero mama y tata, quiero Navidades como las de antes y Papás Noeles que ya no están.  Quiero algo más de Paz.

Era un sueño. Estaba profundamente dormida, retorcida en una cama grande y desprolija. Abrí los ojos y los cerré otra vez.

Era viernes y hacía calor.

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